jueves, 1 de abril de 2010

CORONA PARA LOS MARES Y MARÍA-Nota

Corona para los mares y maría fue publicado por alción editora en 1991. Lucía entonces dos generosos prefacios, uno en verso y otro en prosa, debidos a Bernardo Schiavetta, que aquí publicaré como post-facios. Rigurosa llamaba B. S. a la estructura de estos versos, aunque en rigor y pese a su título no se trataba de una corona, sino sólo de media corona, y así la introducción de esta forma fija en castellano tuvo que esperar la invención Entrelíneas del propio B. S. y Ouroboros de Pablo Ponzano, por lo que fui más un anunciador que un protagonista de este comienzo. Quiero decir que así como en inglés hay 'rimas ortográficas', esto es entre terminaciones de palabras que se escriben igual pero se pronuncian distinto, nuestra cordobesa manera de hablar permite la 'consonancia oral' entre sílabas que escribimos con letras diferentes pero pronunciamos de la misma manera. Sirva esto para distinguir las rimas heterográficas de las 'verdaderas' asonancias, que también las hay en estos sonetos.

D.V., 2010

CORONA-motto

Acaso te llamaras simplemente María,
tal vez eras el eco de una vieja canción.

Catulli Carmina

CORONA-1

Por una vez los mares y maría
fueron, si no pasión, escalofrío
a cuenta de mayor deseo mío.
Me sumergí sin piel en la alegría.

Hoy era ayer-mañana, sólo día,
presagio de funámbulo sombrío
y flecha de agua rápida en el río
del desencuentro. En una melodía

por una vez, amor se pronunciaba
sin división y las palabras pares
eran dos voces en la voz que amaba.

Tu voz. Mi voz. Su voz. María. Mares.
De par en par impar iluminaba
cabritos del cantar de los cantares.

CORONA-2

Dejaron sin memoria mis abrazos:
dieron nombres distintos a las mismas
aguas. Y nadador en sus marismas
me deshice en hechizos. Hubo trazos

por los cuales perdíanse mis pasos
sin luz, ya fragmentarios y con cismas
de colores sangrados ?por qué prismas?
entre las sombras de los dos ocasos.

Recuerdos que dejaron olvidada
la naciente ligera del deseo.
Dualidad de la ausencia, porque cada

fragmento de nada hecho proteo
en vocablos de sal y sal callada
comunica la forma que no veo.

CORONA-3

Y anudaron desnuda con sus lazos
de ocultas armonías a la rosa
vestida de mujer. La mariposa
del aire fue temblor entre los trazos

repetidos de lívidos ocasos
sobre pétalos húmedos. Ansiosa,
si no fulguración, aura de diosa,
cáliz a flor de piel en los abrazos,

era un sueño de mares. Ahí estaba:
rosa, mujer, crepúsculo redondo.
Palidez de los dones: la miraba,

con alas de color algo más hondo
que el asombro, un insecto. Se insinuaba,
proporción y crueldad, nada en el fondo.

CORONA-4

De olvido la palabra, la vacía
consagración, el soplo fatuo. Tal
vez era menos mudo el mineral.
Quizá fuera mención, no de maría,

sino de una omisión que se cumplía
como un relato mítico del mal
y del bien. La palabra, casi igual
a las otras, no tiene, no tenía

qué decir de memoria. Frágil, hueca,
sonora, como todas las demás,
sólo se distinguía por la seca

constancia de sus sílabas. Quizás
alguna vez fue símbolo esa mueca
que ahora es el olvido o su disfraz.

CORONA-5

Constancia de mi amor: sólo veía
desolada pasión en la mañana
y sabor infernal en la manzana
y silencio en aquella melodía

que perfumaba los aromos. Día
más día, suma de miradas, vana,
no rezumaba luz en mi ventana,
sino pasos sin pausa de maría

por modos de la ausencia. La visión
era un tenue mucílago de hiedra
sobre el adormecido corazón.

En ojos fuertes la palabra medra,
pero mi anhelo obscuro de pasión
contagiaba mudez, lengua de piedra.

CORONA-6

Pura ausencia de mar en los sargazos
sea nada de lágrima salobre,
ni siquiera una bruma tenue sobre
la superficie. Pero en otros casos

serían evidentes los fracasos
en distinguir la imagen, copia pobre
del lazo imaginario; tal vez obre
la distancia sin orden, cuyos pasos

se pierden entre el nombre y lo nombrado.
Haya mar más allá de estas menciones
o por debajo de ellas, sin cuidado

me deja. Mientras tanto, las opciones
me encuentran sin remedio de este lado,
donde sólo cavilan ilusiones.

CORONA-7

Y ausencia de maría entre los brazos

era el único ser, el evidente,

la prístina certeza del presente

futuro ya pretérito. Los trazos

del vacío ofrecían reemplazos

y motivos contrarios a la mente.

¿Por qué la nada y no más bien el ente

se entregaba conforme entre los lazos

de la verdad soñada? Por obscuro

cristal ahora veo la presencia

del enigma. Directa, sin impuro

medio, su desnudez en evidencia

se pondrá, cuando en alas de futuro

maría abrace formas de mi ausencia.

CORONA-8

Insensatez de la melancolía:
dejarse estar en vida como muerto
sin dejarse morir, y dar por cierto
que no tiene certeza la agonía.

Por el no ser exacto de maría
decir: el universo es un desierto
y pensar un hipnótico concierto
para soñar la voz que se vacía.

No se ve la mañana. Sólo bruma.
Vana materia gris abandonada
como un capricho opaco de la pluma

del tiempo. La memoria recobrada
navega con pasión sobre la espuma:
mar soñado por una voz soñada.

CORONA-9

Navegaba los mares la tormenta
del recuerdo. Tal vez sea tormento
para no recordar otro momento
sino la voz, el alma, con que cuenta

sueños. Tal vez su vértigo consienta
la alegría con júbilo de viento
perfumado. Tal vez el movimiento
del aire sea apenas lo que alienta

levedad y pesar. En la memoria
cabe, negro dolor, el desencuentro
y también el relámpago de gloria.

Derrota de tormenta mar adentro.
Mar afuera, tormenta de victoria.
Ayer a cada lado. Ayer al centro.

CORONA-10

Lóbrega tempestad de mar alzada
contra la tumba de la luna llena.
Cielo hambriento, sin luz pero sin pena,
porque nace de abajo la mirada

de amor, sombra de piel iluminada
por las tinieblas. Férrea cadena,
la llama del deseo: su faena
de fuego usa disfraz de serenada

lobreguez, para no ser vista
por el ojo temeroso del vigía,
y para no cegar con su color

el horizonte pálido del día.
Disimulando sábanas de amor,
la tormenta su vórtice cubría.

CORONA-11

Sin estrellas ni costas, cenicienta
descalza de cristal, aguamarina
de los mares hundidos, la neblina
socorre al navegante y le descuenta

de otra luz la visión. Y se lamenta
porque ve demasiado y se ilumina
de más con su fulgor de masculina
llama. Navega navegante y cuenta

las íntimas estrellas de su celo,
las costas del deseo, los cristales
de ver enamorado, sin consuelo,

la ausencia luminosa. Pero tales
estrategias ocultan sol y cielo.
Son promesa de furias animales.

CORONA-12

Vorágine. Las vísperas de nada,
puro anhelo: preciso torbellino
o torrente sin trazas de destino.
Por el azar inmenso de la ansiada

presencia de maría cae cada
gota de tiempo como un haz de vino
sobre sueños sombríos. El camino
de esperar o buscar la señalada

mujer no tiene marca. Cada paso
se da sin referencia ni costumbre.
O no se da, de modo que el acaso

disponga su quietud cuando lo alumbre
la noche del encuentro. Tiende el lazo,
vorágine de amor, la incertidumbre.

CORONA-13

Ausencia de maría. Sal violenta
de los mares pasados. Y es presente
de otro tiempo mejor, lugar ausente,
donde ya la memoria se impacienta

de gozo. Llega, pero se presenta
como el don o la gracia recurrente
del reclamo. Distante, diligente
marea. Llama leve, llega lenta

la furia desde abajo. Porque falta
mar crece la figura de los mares.
La espuma del deseo, la más alta,

despedaza congojas y pesares,
y con tenue candor su luz esmalta
sol de tarde las vísperas impares.

CORONA-14

Furiosa soledad enamorada
donde quema el amor y arde la espera:
Hay cielo verdemar la tarde entera,
color de ayer, color de la jornada

que vendrá con el éxtasis. Mojada
por el agua del júbilo, ligera
como el carmín azul de la ceguera,
tendrá en su porvenir fiesta gozada,

porque nunca se fija, siempre pasa
con el gesto de un ala. Pero el vuelo,
transición de la forma con que abraza

la furia del amor carne y anhelo,
no tiene situación ni tiene casa.
Pero tiene maría, mar y cielo.

CORONA

Por una vez los mares y maría
dejaron sin memoria mis abrazos
y anudaron desnuda, con sus lazos
de olvido, la palabra. La vacía

constancia de mi amor sólo veía
pura ausencia de mar en los sargazos
y ausencia de maría entre los brazos.
!Insensatez de la melancolía!

Navegaba los mares la tormenta.
Lóbrega tempestad de mar alzada
sin estrellas ni costas. Cenicienta

vorágine: las vísperas de nada.
Ausencia de maría. Sal violenta.
Furiosa soledad enamorada.

CORONA-Postfacio I

CORONA-Prefacio en verso

Para María mares y corona
Su elegía de inédita quimera
Decir que dice sin decir quisiera
La voz del mar tras máscara o persona,

La voz del mar tras máscara o persona
Decir que dice sin decir quisiera
Su elegía de inédita quimera
Para María mares y corona;

Pero además nos dice en qué manera
Ya sin locura y sin razón se dona,
Pero además nos dice en qué manera

No es pura negación llamar severa
a su exacta elegía, que pregona:
No es pura negación llamarse Vera.

Bernardo Schiavetta

CORONA-Postfacio II

Prefacio en prosa

Daniel Vera es uno de los raros poetae cordubensis, uno de los rarísimos poetas argentinos de nuestra generación que no ha cedido a la rutina de una escritura amorfa, esa escritura amorfa que la marca de la modernidad epigonal de los más. No ha caído tampoco en el exceso simétrico, que podría haber llevado a una simple repetición de fórmula pasadas.
No. Resueltamente no, porque si bien ha emprendido la práctica del soneto como un verdadero desafío a las rutinas versolibristas, también ha sabido renovar literalmente su modelo, de un modo muy sui generir, gracias, por ejemplo, al lenguaje "desarticulado" de Fundamento hsin.
Por otra parte, de manera más neutra que en ese libro, ha sabido darnos otros sonetos que, por su lenguaje y su temática, no son antiguos ni modernos, sino exactamente contemporáneos.
El remate lógico, la coronación de la larga familiaridad de Daniel Vera con el soneto, es sin duda Corona para los mares y maría. En efecto, este poema es un verdadero Hipersoneto, un Soneto de Sonetos, que se deriva, gracias a una simplificación, de esa Forma Fija tan compleja y sutil del Renacimiento italiano, la Corona de Sonetos, forma que hasta hoy nadie había practicado en castellano.
En las asonancias y consonancias de esta Corona, el tema más evidente (no romántico, sino petrarquista), es la "ausencia de maría", es decir el sujeto por excelencia de la poesía lírica: la amada ausente. Sin embargo, en Formas de la oración, ya habíamos visto aparecer una "inédita quimera/de amante sin amada", que no correspondía necesariamente a nada ni a nadie: a nada fuera del discurso, de la oración.
En suma, este tema elegíaco, el mismo que guió la composición de El Cuervo, ha sido escogido quizás de manera tan deliberada y tan poco autobiográfica como la de Poe. Poco importa, en todo caso, porque el haberlo escogido indica una intención, la de escribir, sobre una estructura extremadamente rigurosa, una poesía de apariencia espontánea y grave, es decir el tipo de lectura que espera encontrar el lector ingenuo. Y esa lectura vale tanto como la otra.


Bernardo Schiavetta

Chan Chan

La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser

Yo no pienso más que en ella a toda hora,

Es terrible esta pasión devoradora.

Enrique Cadícamo

Muñeca maldita, castigo de Dios. Sobre la filosofía pesa la maldición de Aristóteles, según la cual no es posible abandonarla, ya que la única salida de la filosofía es…la filosofía. O, como se usa decir en estos tiempos, la única salida de la Filosofía es la filosofía, que por minúscula se multiplica en variedad de filosofías. En los últimos tiempos, y acaso también en los primeros, ningún filósofo que se precie ha cultivado menos de dos filosofías, y tal vez no falte alguno que ostente un harén de filosofías fugaces, como aquel patotero sentimental que declamaba o reclamaba haber tenido siempre muchas minas pero nunca una mujer. Y de esta manera he llegado al punto de partida, quiero decir, con la venia de Brandom, al momento en el que se hace –o se hizo- explícito lo que estaba implícito en la intención del título: muchas veces, y no pocas con incurable cursilería, se ha perorado sobre la filosofía del tango, para hacer patente, más en vena lacrimógena que irónica, la filosofía latente en las letras de tango: hoy vas a entrar en mi pasado (heute wirst du in meine vergangenheit hereinkommen), etcétera, pero estimo que ha llegado el momento de invertir el genitivo y ensayar una perorata sobre el tango de la filosofía, proposición a mi juicio mucho más atinada que la original, para hacer manifiestos los tangos ocultos en las entrañas de la filosofía (o de la post-filosofía o de la meta-filosofía, que por el pasaje de Escher regresan entre luces murientes a la filosofía, porque siempre se vuelve al primer amor). Oh, a los que repiten su entrada, mejor dicho: a los que no han podido salir, se les pide que dejen de lado una vez por todas la esperanza: el lugar sin salida es metáfora dantesca del infierno, y a puerta cerrada quería Sartre que el infierno fueran los demás, y cada uno es parte de los demás para cualquiera de los otros, que sólo son testigos de algún liviano amor: sólo que el mundo cerrado de los filósofos no es sordo ni es mudo, aunque sabe simular sordera y ceguera con la intención de ver mejor el mundo inteligible y oír la música de las esferas, chanchán, y finge la mudez para no hablar en cada caso sino de lo que importa, dejando el resto en el silencioso limbo de la insignificancia, de modo que el filósofo más torpe y el más lúcido coinciden en ser expertos en debilidades ajenas y propias, que rara vez exponen con indiferente impiedad o sintetizan en tácito desdén, sino que derraman en cataratas de letras entonadas con nostálgica pasión. Pero ni ciegos ni videntes pueden salir de la botella, sea porque su contenido los ha embriagado o porque una vez afuera descubrieron que era una botella de Klein, en la que coincidían el afuera y el adentro, por lo que el ingenioso movimiento había sido inútil. Las salidas de la filosofía cuando no conducen a la filosofía, llevan a algo peor: a la nostalgia de la filosofía, a la añoranza de una sabiduría que, de haberla tenido, es de esperar que se hubiera sabido también no perder. La existencia del infierno es discusión pontificia, pero la de esta metáfora suya, tropo del infierno y no de los pontífices, que es la filosofía o su fin o su falta de fin, ni el tiro del final le va a salir, el mito de su finita infinitud, es lo que con lenguaje periodístico podríamos llamar un dato de la realidad, exactamente como un tango.

Milonga existencial. El menos informado de los compadritos sabe que el tango tiene vocación por lo último: El último guapo, El último café, La última copa, La última grela, La última…resonancia que encontramos anacrónicamente en las más antiguas filosofías, que ya entonces anhelaban coincidir con el término de su amor y de sí mismas, y crónicamente en las últimas y penúltimas filosofías, hasta volver cierta la ironía sobre aquel que escribió El último Heidegger, a quien atribuían haber redactado un Heidegger de lo último; porque lo último tiene esas caras antagónicas del mayor prestigio y de la peor fama, ambigüedad axiológica que describe a la perfección el fenómeno del tango: “una canción de gesta se ha perdido en sórdidas noticias policiales”[1][2]. No fue Heidegger, sin embargo, sino otro alumno de Husserl, Hugo Dingler, más tarde dedicado a la filosofía de la matemática, separado de su cátedra en l934 por presunta simpatía con los judíos y restituido luego de su afiliación al partido Nazi en 1940, quien en los años veinte enunció la metafísica como ciencia de lo último (“metaphysik als Wissenschaft vom letzten”), bajo el primado de la filosofía y, supongo, en el sentido apologético de lo último. Heidegger, por su parte, no buscaba lo último sino lo primero, o mejor: lo que estaba antes de lo primero (ya dijo don Nimio de Anquín que lo del caballero teutónico no era ‘Physik’ ni ‘Meta-physik’ sino ‘Ur-physik’), lo cual lo volvía el más nostálgico de sus congéneres, comparable sólo con aquellos gnósticos que después de infinitos eones poblados por indefinidas generaciones de divinidades cada vez más degeneradas pretendían encontrarse con la prístina sabiduría del comienzo. Veinticinco abriles que no volverán. En nuestro mundo, más o menos borroso y contingente, cada final es un principio y viceversa, generalmente una zona gris donde no se percibe bien cual es el último de los primeros y cual es el primero de los últimos, pero un principio absoluto requiere también un fin absoluto (cosas más bien escasas en los mercados de la humanidad) y en este caso requiere ser el último, el último guapo que se tome la última copa del olvido del ser, y encare derechito, yo sé que ahora vendrán caras extrañas, hacia un tiempo incierto y obscuro donde será seguramente el más taura de los primeros.

Valsecitos hermenéuticos y positivistas (lógicos). De tanto darle vueltas al asunto, Herr Professor Heidegger advirtió (y declaró) que lo suyo no era existencial, y tampoco milonga ni tango, sino vals: der Walzer des Seyns, y que las tales vueltas eran virtuosos círculos hermenéuticos, lejos del vicioso Yira, yira, traducido en el imperativo categórico alemán Kreise! Kreise!, con sus insoportables resonancias de Wiener Kreis, que por vienés y por círculo reclamaba científicamente para sí no lo Sein sino el Sinn del Walzer. Aquello transcurría en los claros del bosque, con precisión metafórica en alguna Lichtung del Schwarzwald, a la que conducían bellos, sinuosos y obscuros senderos y donde las ortogonales cartesianas temían extraviarse. El vals puede producir vértigo y mareo, y trae dificultades, la más común: cuando el danzarín gira siempre a la izquierda o siempre a la derecha, se vuelve entre otras cosas demasiado monótono, pero aún en el caso de pericia ambidextra para el espectador no es difícil percibir que se baila con lo bailado, lo que en lengua hermenéutica viene a ser explicar con lo explicado, o decir con lo dicho, quizás con una marca de entonación o una travesura gráfica: la filo-sofía es la filo-sofía. De lo que algunos concluyen que el amor a la sabiduría es la sabiduría del amor, por lo que el vals se recomienda (o se recomendaba) como danza ritual de Himeneo, sea en su tradición vienesa o en su versión criolla justamente bautizada Desde el alma, que es desde donde debe ser para ser tan buena como lo fuera por amor. Las vueltas o los rollos de la vida no son tan inocuos (ayer yo era rico, su amor disfruté) sino que con decir lo dicho se marca lo que no se dijo, aunque se quiso decir o se pudo decir o se tuvo que decir o a lo mejor se dijo y no fue oído o fue oído pero no fue escuchado: ella juró que era buena y no la quise escuchar, fácilmente se explica que no pudo ser. En el vals, por cierto, hay evidente elusión de lo último. El último vals (1978) es una película de Scorcese sobre el concierto de despedida de una banda (The band) de rock, con lo cual no se acaban las vueltas porque el rock, como nadie lo ignora, es rock…and roll. El caso es que en estos valses la voz de la filosofía se atenúa, su voz que era mía, su pálida voz. Los hermeneutas parecen gustar más de la interpretación que de la pieza, allá ellos con sus circunvoluciones, pero a los del otro círculo, el de Viena, y a sus amigos positivistas urbe et orbe decididamente no les gustaba la letra de ningún valsecito filosófico y no congeniaban con ningún tango metafísico; tampoco parecía gustarles esa música; mejor dicho: creían que la letra era la música y en consecuencia la consideraban producto de músicos sin talento. Ellos cantaban el tango de la ciencia, casi un bolero: única tú, aquí en mi corazón, y anunciaban que no habrá ninguna igual, ninguna con su piel ni con su voz, anhelo que cumplirían con ayuda de un censor que no permitiría rumba ni mambo ni chacarera ni bossa nova ni rock and roll. La piel, por la parte empirista, correspondía a los enunciados protocolares, igual de fundamentales que fantásticos, pero sin bandoneón, y la voz por la parte lógica, que incluía la matemática, y no había más que decir y si alguien pretendiere decir algo más presentándose con rasgos señoriales, si se tratare de un señor, habrá que advertir al incauto oyente que esos sobretodos de catorce ojales y esos bigotitos de catorce líneas que más que un bigote son un espinel, son nada que nadea y traen consigo la perdición y lo llevarán a uno a la misma metafísica que lo parió; y si se tratare de una señora se dirá de ella que es sólo un fantasma del viejo pasado que no se puede resucitar, y si no diere para tanto se probará su vanidad dejando asentado que nunca tuvo novio. La sierva de la ciencia no toca ni baila, es más bien un embrollo lingüístico.

Al verla así rajé pa´no llorar. También nos cuentan que antes era distinto, que la filosofía era reina y el filósofo rey, y ambos eran, o al menos pretendían ser, magnánimos y generalísimos. En los últimos siglos pocos lo dijeron de manera clara y distinta, Ledesma Ramos fue una de las excepciones cuando llamó a la filosofía disciplina imperial; claro que en cuanto uno lo oyó calificar así, dio por supuesto que hablaba de otra época, te acordás hermano que tiempos aquellos, cuando los imperios brillaban al sol y todavía no habían sido atacados por el herrumbre del antiimperialismo: dorados años cuando Aristóteles presentaba sin sonrojarse esta ciencia destinada a mandar, y de paso adoctrinaba a Alejandro, o cuando Platón postulaba al filósofo como el mejor de los monarcas posibles, si bien luego de un paso obligado por el Colegio Militar y además andaba tratando de hacerse con el poder en alguna ínsula. De cada uno de estos casos, y podría decirse con ánimo quevediano: de todos los casos posibles y de muchos casos más, los filósofos contemporáneos –postfilósofos, metafilósofos o filósofos teóricos- dan explicaciones y hasta justificaciones, que el espíritu de la época, que la relatividad cultural, que la ruptura epistemológica, que la autonomía de las cuestiones, y es ahí donde se les junta la vergüenza de haber sido con el dolor de ya no ser. Alguno se llega a imaginar un único filósofo, un Filósofo Absoluto, que transcurrió por toda la historia y ahora con el lengue al cuello y el ala del sombrero echada sobre la cara viene a cantar: ¡Y pensar que hace mil años (o dos mil o tres mil o los que se quiera) fue mi locura, que llegué hasta la razón por su hermosura, que esto que hoy es un cascajo fue la dulce metedura que me puso a razonar! Otro, u otros, hacen la de Pilatos, se lavan las manos, o la de Pilates, ejercicio liviano; aquellos cargan contra los antiguos, que se limitaban a interpretar los temas de moda sin transformar el baile, y se entusiasman: ¡qué saben los pitucos!, y baten la justa: la fría sordidez del arrabal agostando la pureza de su fe; estos se deleitan o hacen como que se deleitan junto a la zorra y miran las uvas que no pueden alcanzar con lo que llaman pensamiento débil o bien se disculpan por pedir audiencia o se conforman con ver y ser vistos o con oír y ser oídos, pero chitón, nada de tocar ni ser tocados: el malevaje extrañado los mira sin comprender, perdido el cartel de guapos que ayer brillaban en la acción, y se justifican al verla, seguramente a la realidad, hecha una reina que vivirá mejor lejos de ellos. Por las dudas, los más audaces –la propaganda manda, cruel en el cartel y en el fetiche de un afiche de papel se vende una ilusión, se rifa el corazón- prometen estar ahí, al salto por un bizcocho, cuando sea necesario repensar las cosas y haga falta un amigo o se precise un consejo, más Platón y menos Prozac.

Che, Papusa, oí. Entre las excusas, aunque sería mejor decir: entre las estrategias de excusación que se ofrecen para la filosofía no falta la humildad, la obediencia debida, el yo no fui, pero los monjes medievales se cuidaban de ser humildes para no pecar de soberbios y los argentinos hemos aprendido que la obediencia debida puede ser indebida y sabemos que la omisión de una acción no nos vuelve virtuosos. Digo, de pronto la destinada a reina se confiesa sierva, pero no sierva de la más débil, sino de la más poderosa o de la que se presenta como candidata a ser más poderosa: sierva de la teología, sierva de la ciencia, sierva de la política, y en estos casos y en otros análogos y por encima de todo: sierva de la razón, y al bailar esos tangos de meta y ponga, vuelve otario al vivo y al reo gil. Todo es grupo, todo es falso, porque la actitud del achique no se produjo graciosamente o en tiempos de bonanza filosófica; al contrario, surgió cuando algunos teólogos lograron emanciparse de la filosofía y se propusieron sacarla de los curricula, o cuando otros tantos científicos no sólo se declararon independientes de ella sino que consideraron a la filosofía un obstáculo para la investigación o cuando un significativo número de políticos denunció la filosofía como mera ideología con efectos paralizantes. Y lo hizo, fingió achicarse, caminó mirando el suelo y arrimada a la pared, se abajó la pollera por donde nace el tobillo y después compró un bufoso y cachando al primer turro por amores contrariados le hizo perder la salud, y todo para no perder prerrogativas, estuvo ahí para marcar a herejes y paganos, para impugnar conocimientos alternativos y para darle la razón a su partido, y cantaba, pour la gallerie: no abandones tu costura a la luz de la modesta lamparita a kerosén, no la dejes a tu vieja, ni a tu calle, ni al convento, desechá los berretines y los novios milongueros…Y hasta se la vio vestida con librea de acomodador, indicándole sin embargo a cada cual su lugar, incluso al amo agradecido por sus servicios.

Postangos. El postango, invento de Gerardo Gandini anticipado por los arreglos que daban su color a cada orquesta típica, ofrece variaciones de los clásicos acoplándole recursos de los modernos. La Cumparsita, verbigracia, ya está inventada, pero ahora se la toca así, atonal y con reminiscencias de Pierrot lunar. El post es un neo, a no confundir con el de Matrix, aunque hay en cada caso una matriz que se postula verdadera, porque para cada hijo hay una sola madre, pobre mi madre querida cuántos disgustos le daba, y abundan los renacimientos epigonales: neo-hegelianismo, neo-kantismo, neo-tomismo, neo-marxismo, neo-positivismo, y hasta un neo-sofistismo, etcétera, los mismos tangos de antes, pero los neogogos no logran disipar las nubes de humo de los paleogogos y tanto las post-filosofías como la neo-filosofías bien pueden prescindir de los prefijos que las enfrentan, porque los tangos de Piazzola, que tantos juraron que no eran tangos, hoy comparten el Olimpo tanguero con los de Troilo y con los de Arolas y de Greco que Borges vio bailar en la vereda.

Pianté de la noria. Por ahí, de carambola, un día cualquiera uno se despierta y descubre venturoso que ha podido dejar la filosofía, mejor dicho: que la filosofía lo ha dejado a uno, y entonces canta con la inflexión justa: Victoria, saraca victoria, pianté de la noria, se fue mi mujer. Ha logrado liberarse (se ha visto liberado) del hechizo que ejercían sobre él algunas formas de expresión y puede volver a ver los amigos, vivir con mama otra vez, y sale silbando bajito, le enseñaron a ser vivo muchos vivos de verdad, no le gustan los boliches, que las copas charlan mucho y entre tragos se deschava lo que nunca se pensó, y da unos cuantos pasos en ese estado mezcla de Victoria y Bien pulenta, y se escucha, siempre supo escuchar mucho, nunca fue conversador, y cae en la cuenta de que Victoria y Bien pulenta también son tangos, y de que ha recaído en la maldición. Tomarle el pelo a la filosofía y por ese sólo hecho meterse con ella, lo ha hecho meter en ella, lo ha vuelto un poco filósofo o filósofo del todo, para sugerirle sin dolor y sin vergüenza que un síntoma (o criterio) de algo llamado filosofía consiste (y ha consistido), en encontrar una salida de la filosofía, cuando no meramente en encontrarse de sopetón fuera de ella, en alguna rama de la literatura fantástica o de cualquier otro árbol.

Daniel Vera